La independencia energética como estrategia económica de la Unión Europea

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Hay una pregunta que aparece una y otra vez cuando hablamos de energía en Europa: ¿Por qué pagamos la electricidad más cara que otros países?

La pregunta es legítima. Y, en muchos casos, también lo es la preocupación por la competitividad de nuestra industria. Europa está haciendo un enorme esfuerzo para transformar su sistema energético y, mientras tanto, vemos cómo Estados Unidos, China y otras economías compiten con costes energéticos que, en determinados momentos, pueden ser considerablemente inferiores.

Pero creo que estamos mirando solo una parte del problema. Porque cuando hablamos del precio de la energía solemos fijarnos en cuánto cuesta producir un megavatio hora. Y pocas veces nos preguntamos algo que, a mi juicio, es igual o incluso más importante: ¿Dónde acaba el dinero que pagamos por esa energía?

Más allá del precio del MWh

Europa necesita importar una parte muy importante de la energía que consume. Petróleo, gas natural, carbón y determinados productos relacionados con el ciclo nuclear llegan desde terceros países. Eso significa que cada año destinamos cientos de miles de millones de euros a comprar recursos que, una vez consumidos, tenemos que volver a comprar.

Y aquí es donde creo que el debate empieza a cambiar. Una central de gas puede producir electricidad durante treinta o cuarenta años, pero durante todos esos años necesita gas. Cada año hay que volver a comprarlo. Y ese gas tiene un precio que Europa no controla.

Un parque solar, eólico o hidráulico necesita una inversión importante para construirse y también necesita mantenimiento durante su vida útil. Pero hay una diferencia fundamental: el sol, el viento y el agua no llegan en un barco desde otro continente y no tenemos que pagarlos cada año.

La transición energética, vista desde esta perspectiva, no consiste únicamente en cambiar una tecnología por otra. Consiste también en cambiar la forma en la que pagamos nuestra energía.

Podemos seguir destinando una parte de nuestra riqueza a comprar combustible en el exterior durante las próximas décadas o podemos utilizar una parte de esa riqueza para construir activos energéticos propios que produzcan electricidad durante décadas.

Esto no significa que las renovables sean gratis, ni que la transición energética no tenga costes. Los tiene, y son enormes. Necesitamos construir generación, redes, almacenamiento y nuevas infraestructuras. También necesitamos mantener una generación firme que garantice el suministro cuando las condiciones meteorológicas no acompañen. La energía nuclear puede formar parte de esa solución allí donde cada país decida apostar por ella. Pero hay algo que creo que estamos olvidando cuando hablamos de estos costes.

"Una central de gas puede producir electricidad durante treinta o cuarenta años, pero, durante todos esos años, necesita gas. Cada año hay que volver a comprarlo. Y ese gas tiene un precio que Europa no controla"
Alejandro Toral
Equipo Operaciones en Enerjoin

Una inversión no es lo mismo que un gasto

Cuando construimos una infraestructura energética en Europa, una parte importante de ese dinero acaba convirtiéndose en empleo, ingeniería, construcción, mantenimiento, impuestos, innovación y actividad empresarial. Cuando compramos combustible en el exterior, una parte importante de ese dinero sale de nuestra economía para pagar un recurso que tendremos que volver a comprar.

Quizá aquí sea útil recordar aquel proverbio antiguo que argumenta que: “no se trata únicamente de dar peces, sino de enseñar a pescar”

Durante décadas, Europa ha construido buena parte de su prosperidad sobre la capacidad de comprar energía abundante en los mercados internacionales. Ese modelo ha funcionado mientras los mercados fueron relativamente estables y los proveedores fiables. Pero comprar permanentemente el pez significa seguir dependiendo de quien lo pesca.

La transición energética puede plantearnos algo diferente: invertir en nuestras propias «cañas de pescar».

Un parque solar, una central nuclear, una presa, una red eléctrica, un sistema de almacenamiento o una interconexión no son simplemente infraestructuras que cuestan dinero. Son herramientas que permiten a Europa producir, transportar y gestionar su propia energía durante décadas. Y, una vez construidas, no necesitamos volver a comprar el sol, el viento o el agua.

Este proverbio tiene incluso una segunda lectura que me parece todavía más interesante. Enseñar a pescar no significa dejar de comerciar con quien pesca mejor. Significa tener la capacidad de hacerlo cuando sea necesario.

Europa no tiene por qué aspirar a producir absolutamente toda la energía que consume. Eso probablemente no sería ni eficiente ni realista. Pero sí debería aspirar a que una crisis internacional, una guerra o el cierre temporal de una ruta marítima no pueda poner en riesgo su economía.

La verdadera independencia energética no consiste en dejar de comprar energía al exterior. Consiste en poder hacerlo porque queremos, y no porque no tengamos alternativa.

"Un parque solar, una central nuclear, una presa, una red eléctrica, un sistema de almacenamiento o una interconexión no son simplemente infraestructuras que cuestan dinero. Son herramientas que permiten a Europa producir, transportar y gestionar su propia energía durante décadas"
Alejandro Toral
Equipo Operaciones en Enerjoin

Y esto adquiere todavía más importancia cuando miramos el mundo en el que estamos viviendo. La guerra de Rusia contra Ucrania nos enseñó algo que quizá habíamos olvidado: la energía también es geopolítica.

Durante años asumimos que el gas llegaría a Europa porque era económicamente eficiente. Y mientras las relaciones políticas fueron estables, el modelo funcionó. Pero cuando esas relaciones se rompieron, descubrimos rápidamente que una decisión tomada a miles de kilómetros podía terminar afectando a la factura eléctrica de una fábrica europea.

Y Rusia no es el único ejemplo. Pensemos en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte fundamental del petróleo y del gas mundial. Pensemos en Bab el-Mandeb y en el Canal de Suez, rutas esenciales para el comercio entre Asia, Oriente Medio y Europa.

Un conflicto en cualquiera de estos puntos no necesita producirse dentro de Europa para afectarnos. Puede bastar con que aumente el precio del petróleo, que se encarezca el transporte marítimo o que una ruta comercial tenga que desviarse miles de kilómetros.

Y, de repente, volvemos a pagar nosotros la factura.

Por eso creo que debemos empezar a mirar la transición energética con una perspectiva algo diferente.

No deberíamos preguntarnos solamente si producir un MWh solar, eólico o nuclear es hoy más caro o más barato que producirlo con gas.

Deberíamos preguntarnos: ¿cuánto nos va a costar durante los próximos treinta o cuarenta años depender de un combustible que tenemos que comprar fuera de Europa?

Porque el combustible no se amortiza. La inversión sí.

La verdadera oportunidad de Europa

Esta diferencia puede parecer pequeña cuando miramos un año. Pero cuando ampliamos el horizonte a veinte, treinta o cuarenta años, puede convertirse en una diferencia económica enorme. Y aquí está, para mí, la verdadera oportunidad de Europa.

No se trata de conseguir que toda la energía sea producida dentro de nuestras fronteras —algo que probablemente tampoco sea realista ni necesariamente deseable—, sino de reducir todo lo posible nuestra exposición a aquello que no podemos controlar.

  • Menos petróleo importado.
  • Menos gas importado.
  • Menos vulnerabilidad ante una crisis internacional.
  • Más redes.
  • Más almacenamiento.
  • Más generación autóctona.

Y, sobre todo, una combinación tecnológica sensata que permita tener energía competitiva, fiable y disponible.

Porque tampoco creo que el debate deba convertirse en una guerra entre tecnologías. No necesitamos elegir entre renovables y nuclear, ni entre generación propia y mercado internacional. Necesitamos utilizar todas aquellas tecnologías que permitan construir un sistema energético económicamente sostenible y estratégicamente seguro.

La cuestión que deberíamos plantearnos es mucho más sencilla: ¿Queremos seguir pagando energía durante décadas o queremos invertir para producir una parte cada vez mayor de esa energía nosotros mismos?

Quizá la transición energética europea tenga un coste elevado hoy. Probablemente lo tenga. Pero ese coste no debería compararse únicamente con el precio actual del gas, del petróleo o de la electricidad. Deberíamos compararlo con el coste de seguir dependiendo de ellos durante las próximas décadas.

Porque cuando una familia instala placas solares en su casa, no está comprando energía gratis. Está haciendo una inversión para dejar de comprar una parte de esa energía durante muchos años. A escala europea ocurre exactamente lo mismo, aunque con una diferencia: la decisión afecta a cientos de millones de personas y a una de las mayores economías del planeta.

Tal vez, por tanto, estemos interpretando mal algunas de las inversiones que Europa está realizando. Quizá no sean únicamente el precio que estamos pagando por cumplir unos objetivos climáticos. Quizá sean también el precio que estamos pagando por comprar algo que Europa no ha tenido durante demasiado tiempo: capacidad para decidir de dónde procede la energía que necesita.

Y por eso creo que la pregunta que deberíamos hacernos ya no es solamente cuánto cuesta el MWh,  sino otra mucho más incómoda: ¿Cuánto nos cuesta no ser dueños de la energía que necesitamos?

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