Hemos querido apoyarnos en el famoso eslogan de cierto programa televisivo de los 80 para intentar explicar la evolución del sistema eléctrico. Históricamente, hemos entendido este sistema desde el lado de la generación, que era la principal protagonista en todos los mercados secundarios y servicios de balance dentro del sistema para intervenir y seguir manteniendo el equilibrio. Cuando la previsión de demanda cambiaba, la respuesta (salvo en alguna rareza como la interrumpibilidad) era ofrecer aumentar o reducir volumen a los generadores, remunerados a través de diferentes mercados y procesos.
Este paradigma ha cambiado. La progresiva penetración renovable, la electrificación de la economía y la necesidad de dotar de una mayor flexibilidad al sistema, están transformando no solo la forma de producir electricidad, sino también la manera de consumirla. Y en este nuevo escenario, la demanda poco a poco está dejando de ser un elemento pasivo, para pasar a convertirse en un actor protagonista y activo capaz de ayudar al equilibrio del sistema.
El SRAD es, probablemente, una de las manifestaciones más visibles de este cambio. Con una trayectoria que se inicia en el 2022, hasta ahora siempre hemos asociado este mecanismo con un cierto alarmismo sobre el riesgo o situación de tensión del sistema eléctrico y sobre las consecuencias de hacer parar a la industria, (muchos titulares informativos han contribuido a ello), pero este 2026 nos está mostrando el servicio como una herramienta más dentro del sistema y estamos empezando a asimilar que, precisamente que se esté activando, es una prueba de que su implementación tiene sentido y de que es un mecanismo que funciona.
El hecho de que hasta ahora el número de activaciones haya sido muy limitado, puede confundir la interpretación del mismo, pero su utilización no implica necesariamente que el suministro esté en peligro, significa que REE ha identificado una necesidad de reserva y ha utilizado uno de los distintos instrumentos de los que dispone para recuperar los márgenes establecidos de operación. Cada día se activan restricciones, energías de regulación secundaria y terciaria para corregir los desequilibrios entre generación y demanda y en ningún caso se interpreta cada uno de estos usos como una situación de emergencia. Son herramientas de operación, de la misma forma que lo es el SRAD.
La experiencia de este año resulta especialmente significativa. Durante los primeros años de implementación, la escasa utilización del servicio contribuyó a consolidar una idea generalizada en el sector de que se trataba de un ingreso fácil, con una posibilidad remota de activación (riesgo mínimo), pero este verano nos está obligando a revisar esta percepción. Más que interpretar esta mayor frecuencia de utilización exclusivamente como una señal de debilidad del sistema, conviene preguntarse si estamos asistiendo a algo más estructural: la incorporación definitiva de la demanda a la caja de herramientas habitual del Operador del Sistema.
Cuidado, esto no significa que el SRAD deba utilizarse a la ligera ni que un incremento de activaciones como el que hemos visto en estos dos meses carezca de importancia. La frecuencia, las causas y el coste de estas actuaciones debe analizarse y pueden proporcionar información relevante sobre las necesidades y el recorrido de la flexibilidad.
La propia evolución regulatoria apunta en la dirección de la demanda (mercados de capacidad, potencia flexible, etc.). Las modificaciones introducidas para 2026 han acercado al SRAD progresivamente a las características de los productos estándar de balance europeos. Los cambios en cuanto a la prestación semestral, la agregación de volumen, los tiempos de activación etc, representan la evolución dese un producto de naturaleza singular en su implementación hacia un recurso cada vez más integrado dentro de la lógica de los servicios de balance. Además se trata de un proceso de aprendizaje en el que se está dando a la demanda la posibilidad de participar en servicios tradicionalmente acotados a la generación y en el que el sistema está aprendiendo a utilizarla de forma más flexible.
Y es que participar en el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda también significa asumir responsabilidades. Su mayor frecuencia, está dejando una enseñanza importante para los participantes: estar dentro no consiste simplemente en cobrar por estar disponible, consiste en estar disponible de verdad. A pesar de que la última subasta ha reducido significativamente el precio, con respecto al primer semestre, la retribución fija sigue siendo una partida de ingresos a tener en cuenta. Pero los participantes del servicio han de ser conscientes de que la propia evolución del sistema puede suponer un aumento de la activación y utilización del servicio como ha ocurrido durante estos últimos dos meses. Por ello, se ha de valorar con el mayor rigor posible la decisión de acudir a la subasta, llevando a cabo un análisis económico pormenorizado del impacto que supone una parada de la producción, para poder tomar la decisión de forma consecuente. Han de tenerse en cuenta aspectos como ¿qué cargas pueden reducirse realmente en un tiempo tan corto? ¿qué impacto supone sobre la producción? ¿cuánto cuesta detener y recuperar el proceso?
La relación de la demanda y en especial de la industria con el sistema eléctrico está cambiando. El autoconsumo, el almacenamiento, el agregador, la flexibilidad… están abriendo progresivamente nuevas posibilidades para ser un agente relevante en el funcionamiento del sistema. El consumidor industrial del futuro puede, de manera conjunta, consumir, producir, almacenar, desplazar demanda y prestar servicios de balance. El SRAD es una de las primeras expresiones visibles de esta transformación y por eso mismo, conviene naturalizar y normalizar su utilización dentro de la operación.
Un sistema eléctrico moderno no es aquel que no necesita activar sus instrumentos de flexibilidad, es aquel que dispone de suficientes recursos y lo suficientemente diversos para responder cuando las condiciones en el tiempo real se separan de la previsión.